En Pachuca las distancias también se miden en el tiempo que tarda una ambulancia, en las horas de espera y en los pasos que da una familia para conseguir una medicina.
Cuando alguien se enferma, no pregunta cuánto costó el edificio ni quién diseñó el equipo, pregunta si hay un médico, medicamentos y atención oportuna. Por eso no habrá cobertura universal sin personal sanitario suficiente, digno y respaldado; garantizar salud para todos no consiste sólo en construir hospitales, comprar equipos o anunciar gratuidad, también implica asegurar que médicos, enfermeras y trabajadores de todas las áreas puedan atender con preparación, seguridad y recursos.
Hace unos días, Pachuca amaneció con batas blancas avanzando por sus calles. Médicos y trabajadores de la salud marcharon por mejores salarios, medicamentos, insumos y más personal. No marcharon contra los pacientes, sino porque también necesitan que el sistema funcione, su protesta es, en buena medida, una defensa del paciente: un hospital sin recursos termina trasladando sus carencias a quien llega enfermo.
Detrás de cada bata hay una familia, cansancio acumulado, jornadas extensas y cuentas por pagar; hay médicos que salen de una guardia cuando la ciudad apenas comienza a moverse; enfermeras que sostienen turnos interminables; camilleros, laboratoristas, personal administrativo y de limpieza que hacen posible que un hospital no se detenga.
Cuando el sistema les niega descanso, herramientas o remuneración justa, se deteriora la atención, se alargan las esperas y aumentan los riesgos para quienes necesitan diagnóstico y tratamiento oportunos.
Por eso hay que escucharlos. Este 23 de octubre, Día del Médico en México, merecen algo más que felicitaciones. Porque cuando la fiebre no baja, el pecho aprieta o la vida se nos va entre las manos, lo único que queremos escuchar es: “Ya viene el doctor”.
En el barrio sabemos cuánto vale esa frase, también sabemos que, para que el doctor llegue a tiempo, hacen falta medicamentos, equipos, personal suficiente y condiciones dignas de trabajo.
La enfermedad llega sin preguntar si hay dinero, se mete a la casa del albañil, de la comerciante, del funcionario y de cualquiera, puede aparecer en una colonia de Pachuca, en una comunidad de la Huasteca o en una familia que vive a varias horas del hospital más cercano.
Por eso México debe avanzar hacia la cobertura universal: que recibir atención y tratamiento no dependa del empleo, del domicilio ni del tamaño de la cartera. IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar atienden a poblaciones distintas, pero deben conducirnos a una misma exigencia: atención oportuna, medicamentos disponibles y trato digno para todos.
La inversión hospitalaria no termina con una inauguración, hacen falta camas, laboratorios, ambulancias, mantenimiento, abasto y trabajadores; ningún aparato recibe al enfermo por su nombre, ninguna pared interpreta una radiografía; son los equipos de salud quienes convierten la infraestructura en atención.
Rudolf Virchow sostuvo que “la medicina es una ciencia social”, para curar también hay que mirar cómo vive la gente, si tiene agua, vivienda, alimentación, transporte e ingresos para seguir un tratamiento.
Aspiro a un México donde podamos vivir 84 años en buenas condiciones, no como garantía individual, como meta de esperanza y autonomía: caminar por el barrio, ir al mercado, conversar con los vecinos y seguir dando lata a los nietos.
Queridas doctoras y queridos doctores, reciban nuestro reconocimiento y nuestra escucha, defiendan sus derechos, cuidando las urgencias y sin perder el cariño por México que demuestran al atender.
Defender a médicos y trabajadores sanitarios es defender la posibilidad de que cualquiera reciba atención cuando más la necesite.
Que nos duren muchos años, doctores, y que nos ayuden a durar también.
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