Cuando en una colonia se abre una zanja, se levanta una calle o se construye obra pública, hay algo que el pueblo sabe bien: esa obra no es del gobierno, es de la gente; se paga con el dinero de todos y, por eso, debe hacerse bien.
A veces se piensa que, si una obra tiene observaciones, es porque “algo anda mal”. No siempre es así; en realidad, las observaciones existen porque la obra se revisa, y una obra que se revisa es una obra que se cuida.
Pongamos un ejemplo sencillo: en una calle se iba a colocar una capa de asfalto de cierto espesor. Al empezar los trabajos, el suelo no responde igual; se detecta humedad o una base más débil de lo esperado. El constructor ajusta el proceso, refuerza una parte, reduce en otra, corrige niveles. Eso no es trampa, es construcción real. Lo importante no es que el plano quede “bonito”, es que la calle dure y no se vuelva a romper.
Ahí entra la revisión: alguien mide, verifica, pide pruebas de calidad, revisa la bitácora, compara lo ejecutado con lo pagado. Si hay diferencia, se aclara, se ajusta o se corrige. Eso es supervisión, no corrupción. Y esa revisión no la hace una sola persona ni una sola oficina; las obras públicas se revisan con muchos ojos.
Se revisan desde su planeación, contratación y ejecución, y cuando se entregan formalmente. Se revisan por auditorías técnicas y también por los comités de obra y de contraloría social, formados por la misma gente del lugar: vecinas y vecinos que están ahí todos los días y saben bien cómo va la obra. Muchas veces son albañiles o personas que conocen de construcción y se dan cuenta cuando algo no está bien; y también mujeres muy atentas, de las que no se les va nada, que preguntan, observan y dan seguimiento. Por eso, la contraloría social es tan importante: pone al ciudadano a cuidar el dinero público y hace que, cuando alguien sabe que lo ven, haga mejor su trabajo.
Cuando se detectan fallas reales, hay consecuencias: se ajustan pagos, se aplican multas, se exigen garantías o se investiga a quien no cumplió. Pero, en la mayoría de los casos, la revisión sirve para corregir a tiempo y evitar daños mayores.
Al final, la confianza no se exige, se construye. Se hace cuando la autoridad revisa, cuando el ciudadano participa y cada peso invertido puede explicarse con claridad. Las obras públicas transforman espacios y fortalecen algo más importante: la certeza de que el dinero común se maneja con responsabilidad. Esa es la base de un gobierno que camina firme y de una comunidad que sabe que su voz sí cuenta.
El mensaje es que una obra tenga observaciones no es una mala noticia; la mala noticia sería que nadie la revisara. La obra pública no se protege con discursos o promesas, se protege con vigilancia, con participación ciudadana y con control permanente. Cuando el dinero es del pueblo, la obra debe revisarse con los ojos del pueblo.
Más ojos, menos abusos. Más revisión, mejores obras.
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