Álvaro Bardales

La Veta Vizcaína: donde los hombres bajaban a enfrentar al Diablo

Defender la memoria popular y recordar que Pachuca no se explica solamente por sus edificios, sus archivos o sus grandes propietarios

Álvaro Bardales
24/07/2026 |00:17
Alvaro Bardales
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Después de escribir dos artículos sobre el pachuco de Pachuca, algunos piden documentos, pruebas, métodos y explicaciones.

Bienvenidas sean las críticas.

La historia debe investigarse, cuestionarse y discutirse, pero tampoco debemos olvidar que la memoria de un pueblo no vive únicamente en los documentos, los archivos o las teorías construidas desde un escritorio. También sobrevive en las palabras de los abuelos, en los nombres de los barrios y en las historias que los trabajadores se contaron durante generaciones para enfrentar el miedo.

Porque una mina puede medirse en metros, toneladas y leyes de mineral, pero el valor de sus hombres no cabe en ninguna estadística.

La historia documentada nos habla de la Veta Vizcaína, una de las más ricas, famosas y legendarias de la minería mexicana.

La gran columna vertebral del distrito Pachuca–Real del Monte; la veta de plata que produjo fortunas extraordinarias, impulsó el crecimiento de sus poblaciones y atrajo durante siglos a empresarios, técnicos y trabajadores. Alrededor de ella estuvieron minas emblemáticas como Camelia, El Bordo, San Juan Pachuca, Acosta, Dolores, La Purísima y La Dificultad.

La Vizcaína no fue solamente un filón de plata, fue una interminable ciudad debajo de la tierra, una ciudad sin cielo, sin sol, sin árboles.

Con túneles, tiros, socavones, cruceros y laboríos donde miles de hombres pasaron buena parte de su vida.

Ahí trabajaron barreteros, ademadores, tenateros, malacateros, quebradores y peones que conocían la montaña como otros conocen las calles de su barrio.

Sabían escucharla, sabian cuándo estaba tranquila, cuándo crujía y también sabían cuándo comenzaba a ponerse brava.

Los archivos registraron la producción, las nóminas, las disputas laborales, los nombres de los propietarios y la riqueza obtenida de aquella veta, de hecho, el Archivo Histórico de la Compañía de Real del Monte y Pachuca conserva más de dos siglos y medio de memoria documental minera.

Pero los mineros nos dejaron algo que no siempre aparece en esos papeles, dejaron sus leyendas y entre todas ellas existe una que quizá sea la más hermosa de la minería de Pachuca y Real del Monte.

Los viejos mineros contaban que la montaña tenía dos dueños, uno era Dios, el otro era el Diablo.

Dios permanecía arriba, en el mundo de la luz, esperando que sus hijos regresaran con vida.

El Diablo habitaba abajo, muy abajo, en la profundidad donde la luz de una lámpara apenas alcanzaba para iluminar el siguiente paso.

Cada mañana, antes de comenzar la faena, los mineros se persignaban, no era un gesto para la fotografía, tampoco una costumbre superficial. Era un verdadero acto de fe.

Porque sabían que al bajar por la Veta Vizcaína no descendían solamente cientos de metros, bajaban hacia las entrañas de la tierra.

Y mientras mayor era la profundidad, más cerca sentían el lugar donde, según las historias del socavón, vivía el Diablo, ahí comenzaba la transformación, al entrar eran hombres, hombres fuertes, hombres de barrio.

Hombres que habían desayunado con su familia y se habían despedido sin saber con certeza si volverían a verla, pero conforme avanzaba la jornada, la montaña los iba cambiando; el rostro se cubría de polvo, la piel se ennegrecía, los ojos brillaban entre el hollín, la humedad les pegaba la ropa al cuerpo, las espaldas se doblaban por el esfuerzo, las sombras deformaban sus figuras.

Y al caminar agachados por las galerías más estrechas, aquellos hombres grandes comenzaban a parecer pequeños duendes de la profundidad.

Los viejos decían que la Vizcaína los convertía poco a poco en ayudantes del Diablo, no porque fueran malos, sino porque penetraban en sus dominios.

Por eso en los laboríos colocaban imágenes de Dios, de Cristo, de la Virgen o de algún santo protector, no eran adornos, no estaban ahí para hacer más bonita la mina: eran guardianes.

Los mineros necesitaban que Dios estuviera pendiente, que no permitiera que el Diablo los jalara por algún tiro, que no los atrajera hacia una galería equivocada, que no provocara una explosión, que no soltara una piedra, que no hiciera crujir los ademes, que no cerrara el camino de regreso con un derrumbe.

Durante la jornada, mientras sus cuerpos tomaban la forma de aquellos pequeños duendes de la mina, Dios debía acompañarlos, orientarlos y protegerlos.

Porque la riqueza estaba abajo, pero la vida permanecía arriba y el verdadero milagro no consistía en encontrar plata.

El milagro era regresar, al terminar la faena, los mineros emprendían el camino hacia la superficie.

Subían lentamente, cansados, mojados, golpeados por la jornada, todavía cubiertos de polvo y oscuridad.

Pero conforme se acercaban a la boca de la mina comenzaban a recuperar su figura, aparecía nuevamente la luz, volvían a escuchar los sonidos del exterior, sentían el aire frío de la sierra y al cruzar finalmente la entrada dejaban de ser los duendes del socavón.

Volvían a convertirse en hombres, en padres, en hijos, esposos, en vecinos de El Arbolito, La Palma, El Atorón, Camelia, El Bordo, San Juan o Real del Monte.

Ésa era la mayor riqueza que podían llevar a casa: haber regresado con vida; la Vizcaína produjo cantidades extraordinarias de plata, su importancia fue tal que alrededor de ella se construyeron fortunas, crecieron poblaciones, se introdujeron nuevas tecnologías y surgieron algunos de los conflictos laborales más importantes de nuestra historia minera, como el movimiento de 1766 relacionado con el pago del partido.

Pero el pueblo necesitaba explicar su grandeza de otra manera, no mediante tablas, no con balances contables, no con informes de producción, con una leyenda.

Por eso los viejos aseguraban que la Veta Vizcaína había producido tanta plata que, si todo ese metal pudiera fundirse y convertirse en un solo hilo, alcanzaría para unir Pachuca con España.

Un hilo de plata atravesando montañas, ciudades y océanos, nadie sabe si las cuentas darían. Posiblemente no.

Pero las leyendas no se inventaron para aprobar una auditoría, se hicieron para explicar aquello que parecía imposible de medir.

Y lo cierto es que desde estas montañas salió una riqueza suficiente para transformar la economía de la Nueva España, construir imperios empresariales y colocar al distrito Pachuca–Real del Monte entre los grandes centros productores de plata.

La plata viajó hacia España, la riqueza se repartió entre propietarios, comerciantes y gobernantes; los nombres de los poderosos quedaron escritos en documentos, edificios y monumentos.

Pero los mineros se quedaron en los cerros, la mayoría sin fortuna, sin calles con su nombre, sin estatuas, sin aparecer en los grandes retratos de la historia.

Y, sin embargo, fueron ellos quienes verdaderamente hicieron posible la grandeza de la Vizcaína.

La plata no salió caminando de la montaña, la sacaron los mineros; la Veta Vizcaína nunca regaló nada, cada fragmento de mineral tuvo un costo: horas de oscuridad, pulmones dañados, espaldas dobladas,accidentes, derrumbes, explosiones, agua, frío, miedo y familias esperando afuera.

Por eso los mineros no medían su jornada por la cantidad de plata extraída, la medían por los compañeros que regresaban. Una buena jornada no era aquella en la que aparecía el mineral más rico, era aquella en la que todos salían.

La Vizcaína fue una escuela de hombres, una universidad subterránea donde no había diplomas ni títulos colgados en la pared, el maestro era la montaña, la herramienta era el conocimiento heredado. Y reprobar podía costar la vida.

Los jóvenes aprendían observando a los viejos, un ademador enseñaba a reconocer los sonidos de la madera, un barretero explicaba dónde golpear la roca, un tenatero enseñaba a acomodar el peso para no caer y algún minero experimentado seguramente advertía al más joven: “Antes de bajar, encomiéndate a Dios. Porque allá abajo manda otro”.

Es imposible saber cuántas veces se repitió esa frase.

Tampoco podemos encontrar un documento que registre el momento exacto en que nació la historia de los duendes.

Porque las tradiciones orales no tienen acta de nacimiento, pasan de boca en boca, de abuelo a nieto, de minero viejo a aprendiz, de barrio en barrio.

Y sobreviven porque explican algo que los documentos no pueden explicar, los archivos pueden decirnos cuánta plata produjo la Veta Vizcaína.

Las leyendas nos dicen cuánto miedo costó extraerla, esa es la diferencia entre registrar una mina y comprenderla.

Quien sólo mira las cifras verá toneladas de mineral.

Quien escucha las voces de los mineros descubrirá hombres que bajaban todos los días al territorio del Diablo y le pedían a Dios que no los abandonara.

Por eso, cuando alguien hable de la extraordinaria riqueza de la Veta Vizcaína, no pensemos únicamente en barras de plata, monedas, haciendas o fortunas. Pensemos en sus hombres, en aquellos mineros que entraban con rostro humano, que durante la faena parecían duendes cubiertos de polvo.

Y que gracias a su experiencia, su valor y su fe conseguían volver a la superficie convertidos nuevamente en hombres.

Hombres pobres, muchas veces, pero fuertes, valientes, solidarios, capaces de entrar a la oscuridad para llevar un poco de luz a sus familias y si alguna vez caminamos cerca de una antigua mina de la Veta Vizcaína, guardemos silencio.

Tal vez el viento que sale del socavón todavía conserve sus voces, quizá podamos escuchar el golpe de alguna barreta, el crujido de un ademe, la respiración de los tenateros o la oración de un trabajador antes de comenzar su descenso: “Diosito, acompáñanos una vez más, tu cuida que salgamos, del Diablo nos encargamos nosotros”.

Con esta historia concluyo tres artículos dedicados al pachuco, a Pachuca y a la Veta Vizcaína.

Los escribí durante el mes del minero, como un homenaje a quienes hicieron de nuestras montañas una historia universal de plata, trabajo y sacrificio.

No para imponer una verdad absoluta.

Sí para abrir la conversación, defender la memoria popular y recordar que Pachuca no se explica solamente por sus edificios, sus archivos o sus grandes propietarios.

Pachuca se explica por sus barrios.

Por sus minas.

Por sus leyendas.

Y, sobre todo, por aquellos hombres que durante generaciones bajaron a las entrañas de la tierra, enfrentaron al Diablo y regresaron tomados de la mano de Dios.

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