Álvaro Bardales

La libertad se celebra feliz

La libertad se celebra en la vida diaria, la palabra, el pensamiento y la igualdad.

23/01/2026 |00:36
Alvaro Bardales
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Cada 23 de enero, el Día Mundial de la Libertad nos invita a pensar en grandes discursos, banderas o libros pesados y nos recuerda algo mucho más sencillo: la libertad es poder decir, cantar, reír y hasta alburear sin miedo.

La libertad no siempre suena solemne; a veces suena a carcajada, a canción vieja, a verso aprendido en la escuela o a película que nos hizo aplaudir desde la butaca.

Como decía Benito Juárez: "El respeto al derecho ajeno es la paz", traducción: si no te metes donde no te llaman, todos vivimos mejor.

La libertad se entiende en todas partes, en el cine. ¿Quién no recuerda Braveheart, cuando William Wallace grita que podrán quitarle la vida, pero no la libertad? O Cadena perpetua, donde Andy Dufresne nos enseña que incluso entre muros y candados, la mente es territorio libre. Y qué decir de Cinema Paradiso, donde la libertad es soñar, amar el cine y volver al origen sin perder lo que uno es.

La música tampoco se queda atrás; basta escuchar “Libre” para entenderlo todo: “Libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar…”. No hay tratado internacional que lo explique mejor.

La poesía también lo dijo antes, con voz bajita pero firme. Octavio Paz escribió: "La libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces", porque ser libre no es huir, es pararse derecho donde uno está.

Y claro, no puede faltar el albur, porque hasta ahí se mide la libertad: cuando uno puede bromear sin ofender y entender sin enojarse, algo se hace bien. Como dicen en la calle: "Aquí nadie se monta si no quiere… y el que se lleva, se aguanta”. Eso también es convivencia, eso también es libertad.

Hoy, en tiempos donde las mujeres son calladas, etiquetadas o divididas, vale la pena recordar que la libertad no vive solo en los discursos; vive en la vida diaria: en opinar sin miedo, en reírse de uno mismo, en cantar a todo pulmón y en no agachar la cabeza. La libertad de las mujeres no se negocia ni se condiciona: se respeta y se honra, así de simple. No es cuota ni favor, ni solo mandato constitucional; es igualdad, es libertad. La democracia se debilita cuando se frena a las mujeres y se fortalece cuando se respeta su derecho a avanzar sin obstáculos.

La libertad de la palabra no se pide, se suelta. Aquí, en la época de la comunicación digital instantánea, nadie pide permiso para decir lo que piensa ni para publicar lo que ve. La censura es miedo con corbata y la libertad es hablar de frente.

La libertad de expresión también protege aquello que incomoda: permite hablar incluso a quien pretende reescribir los hechos. En una sociedad verdaderamente libre, nadie es silenciado por decirse inocente, aun cuando la realidad vaya en sentido contrario. Y no porque se le crea, sino porque la libertad no selecciona conciencias: las expone, garantiza la palabra, pero también deja al descubierto el peso de cada conciencia. La libertad no es para proteger conciencias limpias, sino para exhibir las sucias.

Que cada quien diga, escriba y publique lo que le dé la gana. Si molesta, aguántese; si duele, revísese; si exhibe, corríjase.

El que quiere callar voces es porque no puede con la verdad. En la calle, en la red y en la vida, la palabra es libre o no es nada.

El Día Mundial de la Libertad no es para ponerse serio todo el día; es para entender que un pueblo feliz que ríe, canta, recuerda y piensa… es un pueblo difícil de someter.

Y como diría el barrio, para cerrar: la libertad no se presume, se ejerce… y el que la cuida, la disfruta.

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