Álvaro Bardales

La bandera de la bandera

Álvaro Bardales
11/09/2026 |00:38
Alvaro Bardales
Ver perfil

Todavía no amanece por completo cuando comienza el movimiento en el Reloj Monumental.

Son cerca de las siete de la mañana, llegan trabajadores, voluntarios y algunos vecinos que conocen de memoria el camino; las banderas vienen cuidadosamente dobladas. No parece tan pesadas hasta que varios brazos intentan cargarlas.

Desde ahí comienza la caminata hacia los cerros de San Cristóbal y Las Lajas. Hay que atravesar las calles estrechas de La Palma y San Clemente; calles que no fueron hechas para las prisas ni para los automóviles grandes, sino para caminar, saludar al vecino y aprender a subir la vida paso a paso.

Foto: Especial

En septiembre, Pachuca vuelve a mirar hacia sus barrios altos, allá arriba serán izadas las banderas monumentales que acompañarán las celebraciones de nuestra Independencia, desde distintos puntos de la ciudad podremos verlas ondear y quizá, por un instante, levantaremos la mirada con orgullo.

Pero desde abajo solamente veremos el resultado, no veremos las manos que cargaron la bandera, los hombros que soportaron su peso ni los pies que recorrieron las pendientes antes de que el verde, el blanco y el rojo alcanzaran el cielo, tampoco veremos a quienes esperan en las esquinas.

Son los chavos de los barrios, los que conocen cada callejón, cada escalón y cada vereda del cerro, muchachos que algunas veces son observados con desconfianza desde otras partes de la ciudad, a quienes se juzga por su ropa, por su forma de hablar, por la música que escuchan o por reunirse en la esquina.

Desde lejos, muchos los llaman “chavos banda”. Pero entre ellos hay una palabra que significa pertenencia, respaldo y hermandad, se llaman simplemente la bandera.

En el barrio, la bandera no siempre es de tela.

La bandera es el grupo, es la banda que camina junta, se protege y no deja solo a ninguno de los suyos, es el amigo que acompaña cuando las cosas se ponen difíciles; el vecino que avisa si algo sucede; el muchacho que conoce el cerro porque ahí nació, creció y aprendió a mirar Pachuca desde arriba.

Por eso, cuando llega septiembre y el lábaro patrio debe ascender, ellos aparecen de varios barrios y sin broncas son días de tregua.

Foto: Especial

Ahí están Cuauhtémoc, Unión Popular, El Arbolito, El Porvenir, El Atorón, San Nicolás, La Granada, La Palma, Nueva Estrella, Cruz de los Ciegos, El Lobo, Nueva Estrella I, La Cruz y Del Castillo; barrios con historia, identidad y corazón, donde la palabra comunidad todavía tiene un significado profundo. Todos se hacen presentes por amor y respeto a nuestro lábaro patrio, porque cuando se trata de la bandera de México, las diferencias se quedan abajo y el barrio se hace uno solo.

Sin discursos y sin pedir reconocimiento, se acercan para ayudar, unos cargan, otros jalan las cuerdas, algunos despejan el camino y todos cuidan que la bandera no toque el suelo, saben que ese lienzo monumental no puede llegar hasta la cima únicamente con ceremonia: necesita fuerza, coordinación y barrio.

Entonces desaparecen las etiquetas, ya no hay funcionarios por un lado y jóvenes por otro, no hay colonias de arriba y colonias de abajo. Hay niñas y niños de las escuelas primarias cercanas entonando el Himno Nacional, docentes organizando a sus grupos, voluntarios ofreciendo sus manos y muchachos del barrio poniendo el hombro.

Todos cargan el mismo peso, cuando la bandera comienza a subir por el asta, el viento de Pachuca hace lo suyo, la tela se extiende poco a poco hasta cubrir por unos segundos a quienes sostienen las cuerdas. Los niños levantan la mirada, los adultos guardan silencio, los chavos observan con una mezcla de respeto y orgullo que difícilmente puede explicarse desde un escritorio.

Porque para ellos no se trata de una bandera colocada en cualquier cerro. es la bandera de su cerro.

Es la que se mira desde la casa de sus padres y sus abuelos, la que señala el lugar al que pertenecen, la que les permite decir, desde cualquier punto de Pachuca: “allá arriba está mi barrio”.

El acto cívico termina, las autoridades descienden, las escuelas regresan a sus salones y los voluntarios vuelven a sus actividades. Pero ellos permanecen.

Durante los días siguientes vigilan el asta, cuidan el lugar y observan que nadie dañe lo que entre todos levantaron, no necesitan nombramiento ni uniforme para convertirse en custodios. La comunidad les otorgó una responsabilidad más antigua y poderosa: cuidar lo que sienten suyo.

Esa es la otra cara del barrio, la que pocas veces aparece en las noticias. La de los jóvenes solidarios, leales y capaces de organizarse, muchachos que quizá no acostumbran hablar de patriotismo, pero lo practican cuando protegen el cerro, ayudan a una persona mayor o ponen el cuerpo para que la bandera de todos llegue hasta lo más alto.

La patria también vive en una calle empinada, en una escuela pública, en la señora que observa desde su ventana y en el muchacho de gorra que, sin que nadie se lo ordene, toma una esquina del lienzo para impedir que toque el suelo.

Cada septiembre, dos banderas monumentales se levantan sobre Pachuca, una es la bandera nacional que todos contemplamos ondear.

La otra no aparece en las fotografías está formada por jóvenes de carne y hueso, por manos firmes y códigos de lealtad; por los chavos que cargan, izan y custodian el símbolo que pertenece a todos.

Una bandera se queda en lo alto del asta, la otra regresa caminando por las calles del cerro y quizá esa sea la enseñanza más hermosa de estas fiestas patrias: mientras la bandera de México protege simbólicamente a sus barrios, en los barrios hay otra bandera que la protege a ella.

Son la bandera de la bandera.

¡EL UNIVERSAL HIDALGO ya está en WhatsApp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Te recomendamos