Álvaro Bardales

El frontón de las manos de piedra

Álvaro Bardales
04/09/2026 |00:41
Alvaro Bardales
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Ayer, en la cancha El Molino de Cuautepec, volvimos a ser barrio, ahí estaba mi padre, don Juan Bardales, al centro de la fotografía. A sus 91 años, rodeado de pelotaris jóvenes, veteranos, trabajadores y viejos compañeros de cancha, nadie organizó las posiciones ni pidió que hicieran una señal determinada. Simplemente, al momento de la foto, casi todos levantaron las manos.

Unos mostraron el pulgar; otros, los dedos endurecidos por la pelota; algunos conservaron puestos los guantes y las vendas con las que minutos antes habían disputado la reta. Fue un gesto espontáneo, nacido de tantos años de reconocerse mediante las manos.

Foto: Especial

Porque el frontón se juega con ellas, pero también se habla con ellas; las manos saludan al rival, levantan al compañero que cayó, reconocen al ganador y aceptan con dignidad la derrota. Son manos de albañil, minero, mecánico, comerciante, campesino, profesionista, servidor público o muchacho de barrio. Afuera de la cancha cada quien carga su propia historia; adentro, todos son iguales.

Ahí no importa el apellido, la ropa, el cargo ni cuánto dinero se lleve en la bolsa, la única jerarquía admitida es la que se gana golpe a golpe: el respeto a los mejores y la consideración a los viejos.

Eso se veía ayer en El Molino, no era solamente un grupo reunido para una fotografía. Era una familia formada alrededor de una pared, hombres distintos, de edades y caminos diferentes, unidos por un código que jamás necesitaron escribir: jugar derecho, cumplir la palabra, respetar al rival y nunca abandonar al compañero.

En medio de todos estaba don Juan, el viejo roble de 1.80 metros del barrio minero de La Palma. Mi padre.

Desde 1975 y hasta que el cuerpo le pidió tregua en 2020, no faltó a su cita con el frontón, tres días entre semana acudía a calar las manos en la cancha minera de la colonia 11 de Julio; los sábados y domingos eran para jugarse el honor en los torneos.

Fueron 45 años desafiando al tiempo a puro golpe de palma, por él aprendí que los hombres del barrio no necesitan hablar demasiado, se conocen por la firmeza de su apretón de manos, por el cumplimiento de su palabra y por la manera en que se levantan después de recibir un pelotazo.

Foto: Especial

A don Juan y a aquella vieja guardia de hombres rudos que nos enseñó que el respeto no se compra con billetes, va este homenaje.

El sonido de una pelota contra las canchas de concreto es un latido antiguo. Un eco seco y rotundo que nace en las entrañas mineras de Real del Monte, atraviesa los barrios de Pachuca y llega hasta Tezoquipa y El Molino, en Cuautepec.

Es el golpe de la pelota de “hueso” contra el frontis, para quien observa desde afuera puede parecer únicamente un espectáculo de rudeza, para quienes crecimos cerca de una cancha es una ceremonia de resistencia, memoria e identidad.

Es el sonido del barrio respirando, durante generaciones se ha querido arrinconar al frontón a mano, algunos lo consideran un pasatiempo de vagos, una costumbre de esquina o un simple pretexto para apostar.

No han entendido nada. El frontón es una escuela severa, quien entra a la cancha sabe que el concreto no perdona. La pelota exige velocidad, inteligencia, reflejos y entrega absoluta. No hay vagancia en el joven que pasa largos minutos vendándose las palmas con cuero y cinta para soportar el castigo. Hay preparación, paciencia y una devoción que sólo comprende quien alguna vez sintió cómo la pelota le quemaba la mano.

Con los años, la piel pierde su fragilidad, los dedos se endurecen, la palma se ensancha y las manos parecen convertirse en una prolongación de la pared.

Son las manos de piedra del pelotari, manos acostumbradas al trabajo, manos que durante la semana sostienen herramientas, cargan materiales, atienden negocios o buscan el sustento familiar; pero que, al llegar el fin de semana, se vendan cuidadosamente para defender el nombre, la pareja y el barrio.

Es verdad que alrededor de la cancha corre el murmullo de la apuesta, sin embargo, quienes reducen esta tradición a un problema de dinero tampoco comprenden su verdadero significado. En las retas cotidianas se apuesta un refresco bien frío, la comida o un billete de veinte pesos que apenas alcanza para el pasaje.

El dinero casi nunca importa, lo que se pone sobre la línea es el respeto, se juega el derecho de mirar de frente al contrario, de regresar la semana siguiente con la cabeza en alto y de conservar esa corona invisible que otorga el reconocimiento del barrio.

El frontón tampoco es sólo fuerza. Es un ajedrez en movimiento. Hay que estudiar al rival, medir la cancha, muchas veces, la inteligencia del veterano termina derrotando a la juventud y a la fuerza bruta.

El frontón aleja a los jóvenes de los vicios, les da disciplina y los integra a una comunidad, ahí encuentran reglas, compañeros, adversarios y mayores que corrigen con dureza, pero también cuidan y protegen.

Por eso una pared de frontón nunca es solamente un pedazo de cemento, es punto de encuentro, gimnasio popular, escuela de carácter y herencia comunitaria.

En la cancha todos valen lo mismo, ahí desaparecen las clases sociales y solamente permanecen el talento, al mejor se le reconoce porque lo demuestra jugando; al viejo se le respeta porque sus manos guardan la memoria de cientos de partidos.

Ayer lo confirmé al mirar aquella fotografía; vi a hombres sonrientes, abrazados, sin distancias ni distinciones. Vi guantes, vendas, ropa de trabajo, camisetas deportivas y cuerpos marcados por los años, pero, sobre todo, vi las manos levantadas alrededor de mi padre.

Manos jóvenes que apenas comienzan, manos maduras que todavía resisten, manos viejas que ya entregaron sus mejores golpes, pero conservan intacta la autoridad que sólo concede una vida cumplida.

Debemos cuidar estas canchas, recuperar las que están abandonadas y acercar este deporte a las nuevas generaciones.

Mi padre jugó durante toda una vida, en cada partido dejó un poco de su fuerza, su disciplina y su carácter. También nos heredó una lección: los golpes, dentro y fuera de la cancha, se reciben de frente; mientras una pelota siga golpeando el frontis en Real del Monte, Pachuca, Cuautepec o cualquier barrio de Hidalgo, permanecerá viva la vieja guardia.

Porque hay hombres que no necesitan estatuas, les basta una pared, una pelota, el respeto de los suyos y el eco eterno de sus manos de piedra.

Ayer, en El Molino, esas manos se levantaron sin ponerse de acuerdo, no estaban posando, estaban diciendo: aquí seguimos, aquí somos iguales y aquí nadie olvida a quienes nos enseñaron a jugar.

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