En Hidalgo el otoño no empieza con las hojas secas, sino con el olor a copal, el pan de fiesta y los cohetones que retumban entre cerros y callejones, apenas se apaga el eco del Grito de Independencia, se enciende otro calendario: San Miguel el 29 de septiembre, San Francisco el 4 de octubre, la Virgen del Rosario el 7, San Antonio el 24 y San Judas Tadeo el 28.También se juntan los cumpleaños.

Hay quien hace cuentas hacia atrás y, entre risas, le echa la culpa a las posadas y los brindis del Guadalupe-Reyes, así se alarga la sobremesa con los Migue, los Panchos, las Chayos y los Toños; hasta los Agus, que celebraron a San Agustín desde agosto, encuentran cómo hacerse un lugar, bien dicen en el pueblo que donde comen dos, comen tres, y en estas semanas siempre hay un pretexto para arrimar otra silla a la mesa.

foto: Especial
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En Pachuca, la fiesta de San Francisco tiene dos escenarios que se hablan de lejos: el atrio del exconvento y el recinto ferial, en uno se escuchan las Mañanitas y las peticiones dichas casi en secreto; en el otro, el chiflón de la tarde, las risas, las voces de quienes ofrecen pan de feria, buñuelos, pastes o barbacoa, y la música que a veces desata un borlote completo.

Bien lo vimos esta semana con el Trío Aurora Hidalguense, que armó el despapaye en un baile que puso a vibrar el megadomo a reventar, demostró que el orgullo huasteco se lleva en los pies; son maneras distintas de vivir una misma fecha, hay quien llega a dar gracias, quien lleva a pasear a la familia y quien aprovecha para hacer las dos cosas.

En el campo, San Miguel anuncia su llegada con cruces de pericón que se colocan para pedir protección, luego viene San Francisco, el querido San Pancho o Tata Pancho; después la Chayo, y más adelante San Juditas, al que tantos acuden cuando sienten que ya tocaron todas las puertas, cada nombre trae recuerdos de familia, de barrio o de pueblo, por eso estas fiestas se esperan desde mucho antes de que aparezcan en el calendario.

foto: Especial
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Pero detrás de la banda de viento y los cazuelones de mole hay algo más que ganas de celebrar, si uno escuchara con cuidado lo que se murmura frente al altar, sabría qué le preocupa hoy a la gente. A San Miguel se le pide que corte con su espada el miedo de volver tarde a casa. A San Pancho, salud para los padres y paz entre vecinos. A la Chayo, fuerza para cuidar a la familia. Y a San Juditas, esa chamba que no llega, la medicina que cuesta tanto o una quincena que alcance hasta el final.Hay peticiones que no caben en ninguna oración aprendida, la madre que quiere ver bien a su hijo, el comerciante que espera vender lo suficiente para seguir abierto, el campesino que mira al cielo y pide una buena cosecha, cada quien llega con lo suyo. Después sale, compra un pan, saluda a un conocido y sigue adelante; a fin de cuentas, las penas con pan son menos, quizá por eso la fiesta nos hace bien: nos permite encontrarnos aun cuando cada uno carga preocupaciones distintas.

Claro que entre tanta devoción también aparecen los asuntos terrenales, con las elecciones de 2027 a la vista, habrá aspirantes que descubran de pronto un fervor extraordinario por las fiestas patronales. Invitarán el taco, repartirán abrazos y quizá pedirán en voz baja un milagrito para salir en la boleta; bien sabe el barrio que muchos de ellos solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

foto: Especial
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El pueblo los verá pasar, se agradece el convite, pero también se sabe quién estuvo presente cuando no había música, cámaras ni pastel y luego están los gorrones, esos queridos especialistas en andar de gorrita café. No se llaman Miguel, Francisco, Rosario, Antonio ni Judas, pero se saben de memoria el santo de todos, se hacen de la boca chiquita, pero estiran el plato; llegan con un abrazo, aceptan su ración de mole y, antes de irse, preguntan si todavía quedó pastel, nadie sabe cómo le hacen para colarse como humedad en tanta fiesta, siempre encuentran una silla libre y, si se descuida uno, hasta un lugar en la boleta.

Mientras tanto, alguien les sirve y les dice: “Ándale, siéntate a comer”, al final, eso tienen las fiestas de Hidalgo, nos dejan reírnos un poco de nosotros mismos y volver a sentarnos juntos.

Frente al altar o en la mesa del compa, cada quien pide algo distinto, pero tal vez la petición que nos reúne sea la más sencilla: que no falte salud, que haya trabajo, mucha felicidad y que el próximo año podamos volver a encontrarnos. ¡Ajúa!

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