Enero no es un año más en el calendario, es una promesa, el inicio de un año nuevo con posibilidad de hacer mejor las cosas, de corregir el rumbo y reafirmar lo que sí funciona. Hoy, el deseo es claro y compartido: que sea un año maravilloso, de trabajo constante, de unidad real y de fuerza colectiva, que sea un año sin pleitos electorales estériles, no porque la grilla deba callar, sino porque el ruido permanente desgasta al pueblo y distrae de lo esencial.

Hidalgo necesita un periodo de madurez pública: menos confrontación y más resultados; menos grilla y más soluciones. La verdadera competencia debe ser por quién sirve mejor, no por quién grita más fuerte.

Debe ser un año para consolidar lo que se construye: carreteras, caminos, ferrocarriles, escuelas, hospitales, edificios para no tirar el dinero en rentas. Las instituciones se fortalecen con trabajo diario, reglas claras y con la convicción de que el servicio público tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. Unidad no significa uniformidad; significa coincidir en lo fundamental: que a nuestros pueblos les vaya bien.

El planeta entra a este nuevo año con transformaciones profundas en cuestiones de recursos naturales, hídricos, proyectos y empresas sustentables con el medio ambiente, que pueden y deben aterrizarse.

Tecnología con sentido humano: la inteligencia artificial, la digitalización de servicios y el uso de datos abiertos redefinen gobiernos en todo el mundo. Para el pueblo, significa trámites más simples, menos corrupción y combatir sin tregua la existente, más transparencia y decisiones públicas basadas en evidencia, no en ocurrencias.

Economía que se relocaliza: el fenómeno del nearshoring reordena cadenas productivas globales. Los territorios que apuesten por infraestructura con control de calidad, capacitación técnica y certeza jurídica atraerán inversión y empleo. Nuestros pueblos tienen la oportunidad de prepararse para generar talento local que los sostenga.

Sustentabilidad como prioridad, no como moda: las crisis climáticas y energéticas dejan claro que el desarrollo sin cuidado ambiental es un callejón sin salida. En lo local se traduce en planeación urbana responsable, gestión inteligente del agua, retomar la economía circular a pesar de las manos sucias y obras públicas pensadas para durar, no para la foto.

Instituciones fuertes frente a la incertidumbre: en un mundo con guerras, tensiones geopolíticas y volatilidad económica, los pueblos que resisten mejor son los que tienen instituciones sólidas; para nosotros implica fortalecer la rendición de cuentas, la transparencia, la fiscalización efectiva y el respeto al Estado de derecho.

Comunidad y cohesión social: tras años de polarización global, muchos pueblos redescubren el valor de la comunidad. En lo local significa participación ciudadana auténtica en comités de contraloría social, barrios organizados, juventudes escuchadas y políticas públicas que reconozcan la diversidad sin fracturar el tejido social.

Más allá de toda la inercia del crecimiento mundial, el deseo que prevalece es que este año sea de trabajo serio y de metas claras, que la fuerza no venga del enfrentamiento de “esos y esas” que siempre llegan en periodos preelectorales a sacar raja, sino de la convicción; que la unidad sea práctica cotidiana, que nuestros pueblos avancen con la serenidad de quien sabe que construir toma tiempo, pero deja huella.

Que sea, en verdad, un año para consolidar lo bueno, corregir lo necesario y mirar al futuro con confianza, porque la prosperidad del pueblo no se promete: se construye.

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