En política internacional, las ausencias hablan. A veces incluso con más claridad que los discursos. Por eso no debería pasar inadvertido que en la discusión reciente sobre el llamado “Escudo de las Américas”, una iniciativa impulsada desde Washington para fortalecer la cooperación hemisférica en materia de seguridad, inteligencia y combate al crimen transnacional, México no haya aparecido en el centro del diseño estratégico del continente.

La señal no es menor. En diplomacia, cuando un país del peso político y económico de México queda fuera de la fotografía principal, lo que se transmite no es un simple descuido de protocolo: es un mensaje político.

México no es una periferia del hemisferio. Comparte con Estados Unidos una de las fronteras más dinámicas del planeta, forma parte de la región económica más integrada del mundo y es pieza clave en cualquier ecuación seria sobre migración, comercio, energía, cadenas de suministro y seguridad regional. Pensar una arquitectura continental sin nuestro país no sólo resulta incompleto; revela una lectura equivocada de la realidad geopolítica de la región.

La historia de la relación hemisférica ofrece lecciones claras. Durante buena parte del siglo XIX y principios del XX, el continente conoció la lógica de la presión y la intervención: la guerra de 1847, la ocupación de Veracruz en 1914 o la expedición punitiva contra Pancho Villa en 1916 marcaron una etapa donde el poder se ejercía sin demasiados matices.

Aquella dinámica comenzó a transformarse con la política de Buena Vecindad impulsada por Franklin D. Roosevelt en los años treinta, cuando Washington comprendió que la estabilidad continental sólo podía construirse desde el respeto entre Estados soberanos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, esa lógica derivó en la creación del sistema interamericano de seguridad. México participó durante décadas en ese entramado institucional, incluido el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, del cual decidió retirarse en 2002 al considerar que había perdido eficacia política.

La lección histórica, sin embargo, permanece: la seguridad del continente sólo funciona cuando se construye desde la cooperación entre sus principales actores.

Por eso resulta llamativo que hoy, cuando se habla de nuevas arquitecturas hemisféricas de seguridad, algunos diagnósticos parezcan olvidar una realidad elemental: el continente funciona mejor cuando México es tratado como socio estratégico y no como problema geográfico.

Frente a ese escenario, la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido prudente y firme. Sin estridencias innecesarias, pero con claridad política, ha sostenido un principio central de la tradición diplomática nacional: cooperación con los vecinos, sí; subordinación o injerencias externas, no. Esa posición no sólo es consistente con la política exterior histórica del país; también refleja una defensa serena de la soberanía.

El punto de fondo es más simple de lo que parece. América del Norte no puede reorganizar su arquitectura de seguridad ignorando a uno de sus actores centrales. La geografía, la economía y la historia hacen imposible ese escenario.

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