Alejandro Velázquez

México y España: memoria y Estado

Alejandro Velázquez
29/06/2026 |02:03
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La relación entre México y España debe leerse desde la historia y la geopolítica. Está marcada por conquista, independencia, exilio, cultura, economía y una disputa por la memoria. Por eso el diálogo entre la Presidenta Claudia Sheinbaum y Felipe VI no es simple protocolo: El gobierno Mexicanos insiste en mantener una posición de Estado.

Esa posición parte de una verdad elemental. La Conquista fue dominación política, militar, cultural y religiosa. No fue anécdota lejana ni capítulo cerrado para los pueblos que cargan sus consecuencias. La diplomacia exige cooperación, pero no subordinación narrativa sobre nuestra historia.

Miguel León-Portilla entendió ese punto. En “Visión de los vencidos” recuperó testimonios indígenas de la Conquista y colocó al centro la voz de quienes padecieron la caída de su mundo. Su obra no llama al resentimiento; es una corrección histórica indispensable. Ninguna nación puede aceptar que su origen sea contado solo por quienes ejercieron la hegemonía.

La Presidenta Sheinbaum ha sostenido que los pueblos originarios no pueden ser ornamento de la identidad nacional. Son raíz viva de México, no recurso ceremonial. La Presidenta afirma que una nueva etapa con España debe partir de esa base: memoria y responsabilidad por el pasado.

La historia entre ambos países tampoco se agota en la herida virreinal. México recibió a una España perseguida y republicana. Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, el asilo a refugiados españoles fue una de las decisiones más altas de la diplomacia mexicana. En 1939 llegó a Veracruz el Sinaia con mujeres y hombres que huían de la Guerra Civil. México los recibió por convicción política.

De ese exilio surgió una página fecunda. La Casa de España, fundada en 1938, fue antecedente directo de El Colegio de México. Llegaron filósofos, científicos, escritores, médicos, editores y profesores. José Gaos nombró esa experiencia como “transtierro”: rehacer la vida en otra tierra sin renunciar a la memoria. María Zambrano, León Felipe y Adolfo Sánchez Vázquez forman parte de esa historia.

Esa complejidad obliga a evitar simplificaciones. España debe asumir que la memoria colonial no es molestia diplomática ni asunto superado por decreto. México debe conducir esa exigencia con firmeza institucional, no con estridencia. La dignidad nacional necesita claridad y sentido histórico.

El futuro bilateral puede ser útil en comercio, educación, cultura, ciencia y cooperación política. Pero su solidez dependerá de una condición: que la relación se construya entre iguales. México no dialoga desde la nostalgia colonial ni desde el agravio permanente. Dialoga desde su soberanía y desde la obligación de poner a los pueblos originarios en su lugar histórico.

La diplomacia verdadera consiste en hablar con respeto, pero sin renunciar al debate. México y España deben abrir una nueva etapa de Estado al nivel de dos países que crecieron juntos.

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