México tiene con Estados Unidos una relación inevitable: frontera, comercio, familias, migración y seguridad. Vivir junto al país más poderoso del mundo trae oportunidades, pero también exige memoria. La soberanía no se pierde sólo cuando cruzan tropas; a veces se desgasta cuando otro gobierno pretende decidir en la casa ajena.
Desde la guerra de 1847, México entendió que esa vecindad exigía cálculo. A Porfirio Díaz le tocó gobernar bajo la sombra de una potencia que ya había arrebatado más de la mitad del territorio nacional. Su respuesta fue construir poder interno: ferrocarriles, control territorial, crecimiento económico y diplomacia para equilibrar la influencia estadounidense con capital europeo.
En la coyuntura actual es importante recordar a Manuel Buendía. En “La CIA en México”, de 1983, no escribió una novela de espías. Escribió sobre los servicios de inteligencia estadounidenses operando en México durante la Guerra Fría. Buendía entendió algo vigente: la intervención extranjera casi nunca se presenta con su verdadero nombre. Suele llegar vestida de cooperación o combate a un enemigo común.
Los archivos desclasificados sobre LITEMPO confirmaron que varias sombras tenían documentos detrás. Entre 1956 y 1969, Winston Scott, jefe de la estación de la CIA en México, construyó una red de informantes en niveles altos del poder mexicano. No se trata de alimentar fantasmas, sino de reconocer que México fue observado y usado como pieza estratégica.
No fue un caso aislado. Chile, Guatemala y Brasil conocieron la mano visible e invisible de Washington. Elecciones y gobiernos fueron vistos como piezas de un tablero mayor. Cuando la voluntad popular no coincidía con su interés, la democracia podía convertirse en estorbo.
Por eso importa la postura que hoy ha defendido la presidenta Claudia Sheinbaum: cooperación sí, subordinación no. México debe colaborar con Estados Unidos en seguridad y combate al crimen organizado; pero esa cooperación no puede estar por encima de la Constitución ni del mando civil mexicano.
La tradición mexicana ha sabido resistir sin romper puentes. La Doctrina Estrada, la no intervención, el asilo político y el derecho internacional forman parte de una escuela diplomática firme: decir no sin cerrar la puerta, cooperar sin arrodillarse y entender la fuerza del vecino sin confundir prudencia con obediencia.
La defensa histórica que encabeza la presidenta Sheinbaum debe leerse en esa línea: no como aislamiento ni como antiamericanismo barato, sino como dignidad organizada. México no puede negar amenazas reales, pero tampoco permitir operaciones unilaterales ni soluciones impuestas desde un escritorio en otro país.
Buendía dejó una advertencia: cuando las sombras avanzan, las instituciones deben encender la luz. México no eligió su geografía, pero sí puede elegir su postura. Y frente a la potencia, la soberanía no es adorno patriótico: es estrategia de supervivencia nacional.