En la comunidad de Jalapilla, ubicada entre los límites de Singuilucan y Epazoyucan, donde las pencas del maguey dibujan el paisaje y el pulque es sustento y símbolo, también fermenta una lucha por el territorio, el medio ambiente y la cultura viva.
Brisa, Víctor y don Felipe, tlachiqueros y guardianes del campo, han convertido su oficio en una trinchera de defensa frente a megaproyectos que amenazan con alterar su ecosistema y su forma de vida.
Brisa Fernanda Flores no solo es tlachiquera. Se define como una defensora cultural que busca preservar el legado ancestral del maguey y del campo. “Cuando un abuelo o una abuela muere, también mueren historia, cultura y saberes”, dijo. Por eso, desde hace más de ocho años, su activismo se centra en visibilizar las tradiciones que aún resisten en los rincones rurales de Hidalgo.
Uno de sus proyectos más queridos es "El Maguey, la casa de todos", una iniciativa ambiental y cultural que vive tanto en redes sociales como en los caminos de Jalapilla. Con esta plataforma, Brisa promueve el respeto por la biodiversidad que rodea al maguey: “Vivimos con él y junto a él cohabitan desde hormigas y escarabajos hasta coyotes y águilas. No somos los únicos habitantes de esta tierra”.
El proyecto también tiene una vertiente artística: un teatro de títeres que lleva las voces del campo —el abuelo Tlacuache, la coneja, el Maguey— a niños y adultos, creando conciencia sobre los riesgos que enfrenta el ecosistema. “Hablamos de flora, fauna y territorios en peligro por la mano humana”, explicó.
Pero su lucha va más allá de la educación. Junto con su pareja Víctor y otros defensores, Brisa se ha pronunciado contra la instalación de un parque fotovoltaico en la región. “Estas tierras las llaman improductivas, pero aquí crece todo. Incluso el agua que alimenta a la Ciudad de México se recarga aquí. ¿Qué pasará si destruyen este ecosistema?”.
Víctor Manuel, también tlachiquero, ha vivido el campo desde niño. Su conexión con la tierra se transformó en una causa cuando supo de las maniobras irregulares para imponer un parque solar en la región. “En vez de hacer una asamblea abierta con los ejidatarios, fueron casa por casa, ofreciendo dinero sin explicar los impactos ambientales ni sociales”, denunció.
Víctor relató cómo se enteraron que la empresa jamás entregó el estudio de impacto ambiental: “dijeron que lo presentarían después. ¿Y mientras? ¿Dónde reubican a los animales, a las plantas, a los insectos? Este ecosistema no se puede mover como si fuera un mueble”.
El daño no es menor, la destrucción del hábitat natural también amenaza al maguey y, con él, a todo el oficio del tlachiquero. “Si se pierde el entorno, se pierde la planta, el conocimiento, el trabajo. No estamos en contra del desarrollo, pero exigimos respeto y justicia. Este territorio es vida”, sentenció.
Don Felipe, el mayor de los tres, habla desde la experiencia y la memoria. A sus años, mantiene su tinacal activo y participa como secretario de la gubernatura estatal Indígena del Altiplano, desde donde articula la defensa ambiental de Jalapilla.
“Algunos dicen que ya no somos indígenas. Pero nosotros seguimos viviendo, trabajando y celebrando como nos enseñaron nuestros abuelos”, afirmó. Ejemplo de ello es Los Amigos del Maguey, una fiesta comunitaria que honra a una planta especial cuando es capada. “Es nuestro modo de agradecerle. El maguey es parte de nuestra historia, de nuestro cuerpo y nuestra comida”, añadió.
Don Felipe también está preocupado por el proyecto fotovoltaico: “nos va a rodear. Va a afectar al maguey y a muchas otras cosas que aún no sabemos. Pero claro que habrá consecuencias”.
Su historia también es una línea de tiempo viva; recuerda cómo, siendo niño, ayudaba a su padre a cargar el aguamiel en burros para llevarlo al tinacal, desde donde partía el pulque rumbo a la Ciudad de México en tren. Hoy, aunque las condiciones han cambiado, su compromiso con la tierra es el mismo.
La lucha de Brisa, Víctor y don Felipe no se reduce a conservar una bebida ancestral. Es la defensa de un sistema completo de vida, conocimiento y relaciones con la naturaleza. Un modelo donde el respeto por el agua, las plantas y los animales es inseparable del trabajo diario.
“El maguey es tan noble que da agua incluso cuando no llueve”, dijo Brisa. “Si no lo cuidamos, todo esto quedará en libros o videos… y no en la vida de quienes vienen”.
En Jalapilla, el pulque no solo se bebe, se siembra, se narra, se cuida. Y hoy también se defiende.