Acercar la nariz a un pequeño local del mercado municipal y disfrutar el olor del grano de café, es una experiencia grata porque va acompañada de la sonrisa de una joven dependienta que afirma segura: sí, este es el café bueno de Tehuetlán, el mejor.
Apila los pequeños bultos de medio y de un kilo del aromático producto que comercian a diario. Lo tostamos, lo molemos y luego lo embolsamos, porque tiene que ser del día o no se lo llevan, afirma Manuela.
Con un carácter muy propio de una zona pródiga, la muchacha describe la industria en que labora y brinda empleo para los campesinos que siembran, mantienen y cultivan las plantas de café en la zona de Tehuetlán, un pueblecito risueño que es bañado por un río.
El pan y el café son sus principales productos de esa comunidad ubicada a un costado de la carretera federal México-Tampico, unos 10 kilómetros antes de llegar a Huejutla.

Los costales, dice Manuela Hernández llegan muy de mañana, porque “la gente es exigente y quiere tomar su café nuevo, es el que sabe rico”. Y el éxito en este negocio es saber darle el tono en el tostado.
Platica en su mostrador de cedro rojo, madera muy común en la región huasteca, mientras pesa y embolsa el café. “Tenemos muy molido que es para cafetera y otro menos molido que es para café de olla”.
Y cuenta de la nueva tendencia en que todos piden de olla, el cual acompañan con piloncillo y unas ramitas de canela. Incluso hay quien le pone anís para darle un toque muy especial.
Hernández Zamudio, hábil vendedora de Cafés Selectos, como se llama el negocio ubicado a un costado del mercado municipal, describe que el tostado del café es lo que da el sentido del sabor: "Hay que buscar el dorado medio, porque si se dora mucho, el sabor desaparece; si queda término medio a veces amarga. Entonces allí, está el secreto ya en la venta".
Una venta promedio de 30 kilogramos diarios, les ha enseñado que también deben hacer uno descafeinado y otro natural.

Manuela Hernández, sonríe a cada respuesta invitando a oler el café, a degustarlo y por ello, llegan las señoras y le preguntan que si tiene “café nuevo” y ella gustosa suelta un “ya sabe, siempre”.
Los anaqueles de este añejo negocio son de un color café oscuro, impregnado siempre esa ese grano milenario que ha acompañado a la región Huasteca a toda hora del día.
“Primero para el desayuno, luego la charla y hasta para quitarse el calor, siempre es bueno un café” invita Manuela para despedirse y pedir en medio de una sonrisa que compren los productos naturales de la región, antes que cualquier nescafé.
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