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La Basílica Menor de Nuestra Señora de Guadalupe, conocida popularmente como La Villita, no solo es un templo religioso: es un símbolo de identidad y tradición para la capital hidalguense. Su historia, marcada por la fe y el esfuerzo comunitario, refleja más de un siglo de devoción guadalupana en la región.
Los orígenes
El cronista Juan Manuel Menes Llaguno relata que en 1907, gracias a la iniciativa de Virginia H. de Hernández, se levantó una pequeña capilla en el antiguo Camino a México —hoy avenida Benito Juárez—, sobre los restos de una humilde ermita dedicada a la Virgen de Guadalupe. Desde entonces, las peregrinaciones comenzaron a llegar cada 12 de diciembre, consolidando una tradición que perdura hasta nuestros días.

De capilla a basílica
En 1923, la capilla fue elevada a parroquia y poco a poco se amplió, pese a las limitaciones económicas del clero. La verdadera transformación inició en 1952, cuando el arzobispo Arsega impulsó la construcción de un templo mayor. La obra, diseñada por el arquitecto Cegral y levantada por los maestros albañiles Lazcano y Aurelio Becerra, tardó más de cinco décadas en concluir.
En 2004, por anuencia del Papa Juan Pablo II fue consagrada como Basílica Menor de Santa María de Guadalupe y fue hasta el 31 de mayo de 2006 que recibió oficialmente el título tras cumplir con los requisitos de veneración, peregrinaciones y majestuosidad arquitectónica.

Tradición y fervor
Hoy, La Villita es uno de los santuarios más visitados de Hidalgo. Cada año se celebran alrededor de mil 200 misas y el recinto puede albergar a más de 2 mil fieles. Durante las festividades marianas de diciembre, más de 80 mil visitantes llegan en peregrinaciones provenientes de sindicatos, escuelas, hospitales y comunidades enteras.
El templo, de mil 488 metros cuadrados, guarda esculturas, pinturas y vitrales que narran pasajes bíblicos y las apariciones de la Virgen en el Tepeyac. Además, cuenta con la capilla de San José, conocida como Las Catacumbas, destinada a sepulturas.

Patrimonio espiritual y cultural
La Villita no es solo un espacio de oración, sino también un punto de encuentro social y cultural. Afuera, la verbena popular con música, comida y comercio acompaña la celebración religiosa, creando un ciclo económico que ha acompañado a la tradición desde sus inicios.
Más allá de su imponente arquitectura, la basílica representa la fe, esperanza y amor de generaciones de hidalguenses hacia la Virgen de Guadalupe. Su historia es, en esencia, la historia de Pachuca: una ciudad que ha crecido al ritmo de sus peregrinaciones y que encuentra en La Villita un símbolo de unidad y devoción.
Con información: Pachuca en el tiempo
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