A pie, con grandes ramos de flores de cempasúchil entre los brazos, las familias cruzan la entrada del panteón municipal de Pachuca y recorren sus pasillos de tierra. El aroma de las flores se extiende entre las tumbas, mientras cada visitante busca el lugar donde descansan sus seres queridos. Son hijos, hermanos, padres, abuelos, esposos y esposas que vuelven para encontrarse, aunque sea por unos momentos, con quienes ya partieron.
La bienvenida comienza antes de llegar a las primeras lápidas porque la entrada es un pequeño escenario con arcos repletos de flores. A un costado, una dupla toca el cilindro y, entre sus notas, la voz de un niño anuncia: “¡De a 20 la flor!”
En las banquetas, algunos esperan sentados, con las mejillas enrojecidas por el calor, mientras comen paletas de hielo o beben refresco. Otros apenas llegan para caminar hacia la tumba de alguien a quien extrañan.
Sin embargo, el ambiente se resiste a la tristeza, con las decenas de tiras de papel picado que cuelgan entre los árboles. Sus colores se mueven con el viento y acompañan el ir y venir de las familias.
La música tampoco falta. Norteños tocan en vivo, desde distintas bocinas se escuchan canciones de banda y un hombre baila al ritmo de huapangos.
A lo lejos, la marimba se suma con sus notas, se trata de Carlos y sus compañeros del grupo Diferencia Musical; para ellos, tocar en el panteón también es una manera de celebrar a quienes ya no están. La agrupación suma 15 años de trayectoria y está integrado por familia.
“Venimos a festejar a los muertos, más que nada, y brindarles una rola; es para los que ya se fueron, para los que están y para los que vienen”.
Hay personas que se detienen a escuchar a los marimberos, otros continúan su camino y entre las familias que llegan para reencontrarse con sus difuntos está la de los Lugo López.
Para ellos, la celebración inicia desde la casa de la abuela, donde parten con un recorrido a pie para esparcir flores hasta llegar al panteón, una tradición que, de acuerdo con Edith Ángeles Lugo, se conserva desde hace generaciones.
“Se les abre el camino para llegar a nuestro hogar, para que nos lleguen a visitar, y regresarlos nuevamente al panteón a que estén en paz”, comparte.
La familia se organiza para visitar varias capillas y tumbas distribuidas en el camposanto. En una de ellas descansan su tío Jesús, su abuelo Alfonso y un bebé que no conoció. La primera persona fue sepultada en 2013 y, desde entonces, el espacio se convirtió en un punto de reunión.
La capilla está adornada con flores frescas. Al centro, un corazón con alcatraces rojos y un colibrí, ya que, para los Lugo López, esta pequeña ave representa la visita de sus seres queridos. Antes de salir de la casa de la abuela, a las 12:00 horas, rezaron un rosario. Al llegar al panteón, lo repitieron.
Mientras adentro del panteón se mezclan recuerdos, afuera parece una pequeña fiesta popular, con vitroleros repletos de hielo con agua de coco para quienes salen sedientos después de caminar entre las tumbas.
Un cohete rompe el ruido de la calle, así se anuncia la llegada de los devotos de la Santa Muerte a su santuario, localizado a metros del panteón, mientras que un músico con la guitarra al pecho regresa al cementerio con una botella de agua, otro visitante cruza la entrada del camposanto cargando en los hombros un pequeño cartón con 12 cervezas.
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