A simple vista son pequeñas, frágiles, parecen agonizar. Pero en el cerro, entre pastos, piedras y nidos ocultos, las hormigas vinitos guardan una miel espesa y dorada que las personas consideran como remedio, pero que también ayuda en la economía familiar, cuenta doña Martha Leticia Guzmán Lazcano, quien en un trozo de penca de maguey sostiene casi un centenar de hormigas cargadas de miel.
En entrevista con El Universal Hidalgo, cuenta cómo es el proceso que mantiene para recolectar las hormigas mieleras, que en el náhuatl se les conoce como necuázcatl, que significa portadoras. Relata que desde temprano, cuando el sol apenas calienta la tierra, junto a su esposo suben al monte en San Miguel Cerezo. Caminan con cuidado, buscando señales mínimas: un hoyito en la tierra, una penca removida, un montoncito de polvo que delata un nido. “No es suerte, es experiencia”, enfatiza.
Doña Martha dice que es fácil encontrarla en el mercado Benito Juárez, uno de los más tradicionales de la capital hidalguense. En uno de los pasillos, señala que tiene 60 años y que desde niña aprendió a recolectar las hormigas, como lo hacían sus padres y sus abuelos, cuando “todo lo del campo” se aprovechaba: hongos, flores, gualumbos, chinicuiles, escamoles “y muchas cosas más”.
“(A los vinitos) hay que sacarlos con mucho cuidado”, explica mientras muestra una entre los dedos. La pancita la tienen inflada de miel y es tan delicada que un movimiento brusco la puede romper. Por eso, doña Martha detalla que durante el proceso de búsqueda y recolección usan varitas, escarban lento sin dejar de observar hacia dónde se mueven las hormigas y así siguen el rastro.
Un solo nido puede tomarles hasta cinco horas; el trabajo requiere paciencia y también confianza de encontrar algo.
No es un trabajo sin riesgos. Debajo de las piedras también pueden encontrar arañas, alacranes e incluso víboras. Pero doña Gabinita, como también le dicen de cariño, lo dice sin mostrar miedo: “Todo trabajo tiene sus riesgos”. Para ella, el verdadero peligro es que estas tradiciones se pierdan. Que ya nadie quiera subir al cerro y prefiera “agarrar lo ajeno”, robar, antes que trabajar lo que la tierra ofrece.
Horas después, el cerro queda atrás y las hormigas llegan al mercado. Ahí entra la segunda parte del proceso: la venta. Otra mujer, de la misma comunidad, doña Paula, sonriente, las compra todas para revenderlas. Pagó 250 pesos por todos los vinitos que doña Gabinita recolectó. Antes había vendido una docena en 20 pesos.
Dice que, para algunas personas, el precio parece alto; a veces no alcanza para “el esfuerzo que uno hace”.
La miel de las hormigas vinitos, cuentan doña Gabinita, sirve para los bronquios, el asma, los dolores de oído, de espalda y de huesos. Y es que al consumir una de las vinguinas parece un poco de todo: mezcla de flores, frutos.
Mientras se concreta la venta, hay bromas, risas, fotos improvisadas. La escena es cotidiana, las personas pasan y saludan a Gabinita o a doña Paula, ambas conocidas por su labor de comerciantes.
Entre el cambio climático y los incendios, la recolección de hormigas mieleras enfrenta riesgos que podrían acabar con los nidos. Aun así, mientras haya cerros que subir y memoria de lo que hacían sus antepasados, doña Gabinita promete seguir buscando lo dulce de la tierra, dijo al final de su relato.
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