La riqueza prehispánica de Hidalgo va mucho más allá de los famosos Atlantes de Tula. Antes de la llegada de los españoles, este territorio fue hogar de múltiples culturas como los chichimecas, huastecos, toltecas y el poderoso señorío de Metztitlán, que nunca fue sometido por los mexicas.
A pesar de esa diversidad histórica, varias zonas arqueológicas del estado permanecen fuera del radar turístico, aunque resguardan vestigios monumentales y expresiones rupestres de gran antigüedad.
Uno de estos sitios es Pañhú, cuyo nombre significa “camino caliente”. Se localiza a unos 30 minutos al suroeste del Pueblo Mágico de Tecozautla y a poco más de dos horas de la Pachuca, en el límite de una meseta semidesértica. El asentamiento estuvo habitado entre los años 450 y 1100 d.C.
De acuerdo con investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Pañhú fue una ciudad contemporánea de Teotihuacán, aunque se desarrolló de manera independiente. Fue edificada por la cultura xajay, relacionada con pueblos del Bajío —en particular con la tradición Chupícuaro— y con los hñahñu.
Actualmente, los vestigios abarcan cerca de tres hectáreas, donde se conservan basamentos rectangulares dedicados principalmente a Otontecutli, dios del fuego, además de un templo consagrado a Tláloc, una plaza central, un palacio de gobernantes con piedras talladas y diversos petrograbados.
Desde este punto se obtiene una vista panorámica del Valle del Mezquital y del Cerro del Astillero o Coatepec, considerado por la cosmovisión mexica como el lugar de nacimiento de Huitzilopochtli.
A solo 10 minutos al norte de Tulancingo y a una hora de la capital hidalguense, en las faldas del Cerro de Huapalcalco, se encuentra esta zona arqueológica considerada una de las más antiguas e importantes del centro de México, con una ocupación que se extendió por al menos cinco periodos históricos.
Las evidencias más tempranas datan del año 7,000 a.C., tras el hallazgo de puntas de proyectil, hachas de mano y pinturas rupestres. Con el paso del tiempo, el sitio fue ocupado por teotihuacanos —visible en la Estructura VI— y por grupos relacionados con los ancestros de los toltecas, mexicas y totonacas.
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En la actualidad se pueden observar una plaza central con una estela que funcionó como altar, plataformas habitacionales, canales de agua, un basamento piramidal de tres niveles y ocho metros de altura, así como pinturas rupestres en la ladera que rodea la antigua ciudad.
Investigaciones históricas indican que en Huapalcalco se tienen las primeras referencias de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, sacerdote principal de Quetzalcóatl y gobernante de Tollan-Xicocotitlán, hoy Tula.
A 20 minutos al norte de Ciudad Sahagún y a menos de una hora de Pachuca, al pie del Cerro de Xihuingo, se localiza esta zona arqueológica edificada por los teotihuacanos entre los años 200 y 750 d.C. Aunque ha sido poco explorada, conserva estructuras de gran valor histórico, muchas de ellas aún cubiertas por la vegetación.
Entre sus edificaciones destaca la Pirámide del Tecolote, de 10 metros de altura, que conserva su característico color rojo original y debe su nombre a una escultura de esta ave encontrada en el lugar. Xihuingo fue un punto estratégico para el intercambio comercial entre Teotihuacán y la costa del Golfo de México, además de desempeñar un papel relevante en el conocimiento astronómico.
En las rocas y montañas cercanas se han localizado pinturas rupestres y petrograbados con símbolos calendáricos, así como más de 40 cruces punteadas, similares a las halladas en la llamada “ciudad de los dioses”.
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